Trauma en el gym

Después de quedar con mi amiga Esther el otro día para jugar un partidito de squash, le comenté que estaba pensando en volver a apuntarme a un gimnasio, a lo que ella, alegremente, me dijo que volviese a apuntarme a su gimnasio y así podríamos volver a ir juntas.
Tuve que recordarle (para descojone suyo) los tres humillantes momentos vividos en aquél gimnasio que me impiden el retorno.

1) Momento spining (o como se escriba).
Allá que voy yo, convencida por Esther, a probar esa actividad que hace que tu cuerpo pierda mogollón de toxinas (y el Rexona en el camino, añado yo).
Me monto en la bici, en la posición y con la resistencia que el monitor me indica. Comienza la clase y enseguida me doy cuenta de que aquello está lleno de profesionales que no paran de sudar, hasta tal punto que el hombre que tengo delante me salpica con su sudor cuando cabecea en el momento del "subidón" (que esa es otra, menuda musiquita!!).
En el "subidón" estoy, ya más roja que un tomate y empezando a necesitar respiración asistida, cuando Esther me suelta "vamos y ahora pedalea sin mover la cadera!" (cómooorrr???!!!). En ese momento mi rodilla izquierda hace crack.
Me bajo (o más bien me caigo) de la bici y me dirijo a la salida de la clase. Es entonces cuando el monitor me pregunta:
-¿Estás bien?
-Estoy dolorida y humillada. No, la verdad, es que he tenido mejores momentos.

2) Momento "máquina del infierno".
Muy bien, Esther quiere hacer unas abdominales antes de ir a la ducha, así que para entretenerme mientras la espero, decido probar una máquina que no había visto de steps que, a medida que accionas las plataformas, vas subiendo de altura. Lo que yo no sé es que si dejas de accionarlas, toda la altura que has cogido, la bajas de golpe.
Así que, cuando estoy arriba del todo, paro un momento para tocar la pantalla táctil que tiene la máquina para introducirle el tiempo y es entonces cuando la plataforma empieza a bajar con estrepitoso ruido. Yo, del susto, me agarro a las asideras de la máquina y me quedo colgada allí.
Le pido ayuda a Esther para bajar de la máquina, pero está demasiado ocupada desternillándose de risa, así que me lanzo al suelo.

3) Momento batuka.
Bueno, parece que por fin encuentro una actividad donde me lo pasaré bien (vamos, con lo que a mí me gusta bailar!).
Lo que desconocía era mi absoluta falta de coordinación, algo que compruebo cuando comienza la clase y no soy capaz de dar 2 pasos seguidos.
Para más inri y, pese a que he intentado ponerme lo más atrás posible en la clase, no tengo a nadie delante y tengo una visión directa de mi triste figura danzante. Es más, la profesora también la tiene.
Cuando estoy a punto de terminar mi calvario porque la clase está llegando a su fin, el baile final consiste en dar 2 pasos a la derecha estirando el brazo también en esa dirección (con el puño cerrado, que conste) y, seguidamente, otros 2 a la izquierda con el mismo movimiento.
Pues bien, me debí perder la clase de Coco en Barrio Sésamo cuando explicaba lo que era izquierda y derecha, porque lo hice al revés, con lo que en apenas 5 segundos, recibí dos puñetazos, uno por mejilla.
Ante semejante alarde de descoordinación, la profesora no pudo menos que escapársele una risita y la verdad es que con razón porque la escena debió resultar bastante cómica (visto por los demás, claro).

En fin, menos mal que siempre me quedará el squash.

Comentarios

Marujillas wey ha dicho que…
apuntate, porfa!!! así nos alegraras el dia deleitandonos con tus apasionantes historias!!!
Anónimo ha dicho que…
Nefer: Bueno, el squash y otros deportes más excitantes,no?. Tu no te desanimes.
Latido ha dicho que…
Tu amiga Esther es la tipica amiga q una no asidua habitual al gimnasio no deberia tener.
Animo chica, apuntate sin decirle ni pio y cuando estes en forma, te cambias d gimnasio.
Un beso
anónimo veneci ano ha dicho que…
Hay que ver,me he descojonao, je, je,... me has recordado a mí en la primera y última clase de STEPS a la que asistí...

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