... volando vengo...

No sólo Iberia me despertó el pasado sábado.
Una chica y las extrañas circunstancias que siempre la rodean, terminaron de hacer que ese sábado fuese del todo contrario a lo que yo esperaba.
Estaba muy cansada y lo mejor era que me hubiese ido a mi casa, pero yo tenía muchas ganas de salir y lo que menos me apetecía era irme a dormir.
Así que, tal como habíamos quedado, llamé a mi amiga para quedar.
Habíamos quedado a las doce y media de la noche y yo acababa de aparcar, cuando me dice que tardará una hora más en acabar de cenar, que quedábamos en el Kiut a la una y media.
Pensé en irme y dejar la fiesta para otro día, pero no sé por qué me negaba a volver a casa.
Así que allá que me fui, solita, al local donde habíamos quedado.
Entré y me senté en la barra que hay cerca de la puerta para poder verla mejor cuando entrara, pero esa barra resulta que tiene un espejo enorme en el que te ves reflejado mientras te tomas la copa. Y ahí fue cuando empezó mi paranoia.
Me pedí mi vodka con naranja y me lo fui tomando mientras me observaba en el espejo.
No sé si por el cansancio acumulado, por el efecto del alcohol o por ambas cosas a la vez, empecé a verme como si observara a un personaje. Me veía desde fuera. Como si no fuese yo.
Llevaba más de una hora allí sola, sentada, esperando, mirando el reloj, fumando, bebiendo, viendo como entraba y salía gente y mi amiga seguía sin venir.
Una parte de mí me decía que me fuese, pero no me movía, me quedaba allí clavada (como en la canción de Maná), esperando, no ya a mi amiga, sino hasta dónde podía llegar mi paciencia, hasta qué momento podría aguantar las miradas (¿compasivas?) de la camarera, que me sonreía y se acercaba de vez en cuando para hablar de cualquier tontería.

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