En boca cerrada...

El silencio se había apoderado de la mesa.

¿Cómo podía haber dicho lo que acababa de decir? Pero, ¿en qué estaba pensando?

Si es que no tenía que haber venido.

Al principio, cuando la llamó una de sus antiguas compañeras de facultad para invitarla a una cena que reunía a su antiguo grupo de amigas, le hizo gracia y aceptó, pero luego, a medida que se acercaba el día de la cena, empezó a arrepentirse.

Intentó encontrar una excusa convincente para no tener que ir, pero no logró escaquearse.

Así que terminó yendo a una cena en la que acababa de provocar la situación que ahora le tocaba vivir.

Pero, ¿por qué había tenido que hablar?

Si es que ya lo decía algún sabio: cuando tus palabras no puedan mejorar el silencio, ¡mantén la boca cerrada!

Pero bueno, tampoco sabía de qué se extrañaba. Siempre había reaccionado igual ante el nerviosismo. Cuando se sentía nerviosa, hablaba.

Una misteriosa fuerza la empujaba a hablar sin parar. De su boca salían todo tipo de tonterías, pero lo peor era cuando salían confesiones. Confesiones como la que acababa de soltar.

En su descarga había que decir que llevaba más de dos horas escuchando la forma maravillosa en que habían discurrido las vidas de sus compañeras. Y mientras eso sucedía, iba repasando mentalmente cómo la vida le había tratado a ella y se dio cuenta que ni bien ni mal, que sencillamente no tenía gran cosa que explicar.

Una cosa le había quedado clara. Cuando hace un montón de años que no ves a alguien, las conversaciones acerca de cómo te ha ido la vida, se reducen a dos temas: trabajo y amor (este último tema se subdivide en dos categorías, casarse e hijos).

Así que mientras entre sus antiguas amigas las había con un gran puesto de trabajo, de responsabilidad y bien acompañado de una buena remuneración, otras estaban casadas con médicos y hombres adinerados, o en el caso de una de ellas, ambas cosas.

Llegados a ese punto y cuando, visto su silencio hasta el momento, no pudo evitar la pregunta directa, no reaccionó como ella habría planeado.

En su mundo imaginario, ella habría actuado como una mujer madura que afronta su vida de frente y sin complejos, segura de sus decisiones y acciones.

Habría explicado que ella sí había encontrado trabajo en lo suyo, que trabajaba en una editorial y le habían encargado sacar adelante una nueva revista sobre literatura juvenil y que, aunque no cobraba un sueldazo, le permitía lo suficiente como para pagar las facturas y darse pequeños caprichos.

Y en cuanto al amor, no le aterrarían las miradas compasivas de sus ex compañeras al explicar que era una mujer autosuficiente que vivía su soltería como algo natural.

Pues no, la realidad de lo que dijo no se parecía en absoluto a lo que acababa de contar.

El tono de su voz al explicar su faceta laboral no denotó la seguridad que a ella le hubiese gustado mostrar y se desmoronó en cuanto una de sus compañeras quitó importancia a su trabajo con la magnífica frase de “bueno, si así tú eres feliz”, seguida de la fatídica pregunta de “pero ¿y el amor qué? Porque ya tenemos una edad y deberías empezar a superar ya tu complejo de Peter Pan”.

Ante semejante provocación no pudo menos que contar la verdad.


-Pues veréis la verdad es que acabo de salir de una relación enfermiza que ha durado ni más ni menos que 6 años. Una relación de celos y posesión que acabó llevándome a los límites de la sumisión y el masoquismo. Una relación que me llevó a probar todo tipo de drogas que me evadiese de las vejaciones que sufrí o aumentase las sensaciones de perversiones que practiqué que ni imaginaríais. Una relación con Ana, nuestra antigua y respetada profesora de literatura que ahora se va a presentar a las elecciones para rectora de la universidad. Así que perdonadme si pienso que es mejor estar sola que mal acompañada.

Aunque no quería, el silencio que se había instalado entre ellas había sido demasiado largo como para retractarse y decir que todo había sido una broma para ver qué caras ponían. Además, sus ojos al borde del llanto no mentían.

Finalmente una de sus compañeras se giró hacia Yolanda, la más conservadora del grupo, y le preguntó:

- ¿Qué? ¿Y tú para cuándo esperas que nazca el niño?

Comentarios

Entradas populares