De las bodas salen bodas....


Desde bien pequeña siempre he escuchado decir a todas las mujeres de mi familia, entiéndase abuelas, tías y, por supuesto, madre, que de las bodas salen bodas.

Así que siempre que se celebraba en nuestra familia tan magno evento, oías a las mujeres ya casadas, aleccionar y aconsejar a las solteras acerca de la ropa que ponerse, cómo maquillarse y demás truquillos conocidos como “armas de mujer”, a fin de poder atrapar a un hombre que te sacase de ese mal peor que la peste llamado soltería.

No sabría definir bien el intervalo de edad a partir del cual entras en la categoría de “mozas en edad de merecer”, cuando estás en la categoría de “¡dáte prisa o se te va a pasar el arroz!” y cuando formas parte de la tercera y última categoría “solterona o te has quedado para vestir santos”.

Desde más o menos mis 16 o 17 años, vengo escuchando con más o menos frecuencia la gran frase: “¿Qué te vas a poner? Recuerda que de las bodas salen bodas”

Y he de reconocer que, en las primeras, cuando tenía 17 o 18 años, pues algo de gracia tenía lo de ir a alguna boda y ver si encontrabas a tu “príncipe azul”, pero no tardas mucho tiempo en darte cuenta de que la célebre frase no debería ser aplicada a todas la bodas, especialmente cuando la boda es de alguien de tu familia, porque, evidentemente, se descarta a la mitad de los asistentes.


Por suerte (o por desgracia) no he tenido que acudir a muchas bodas (la gente prefiere “arrejuntarse” como dice mi abuela) y he dejado de escuchar la bonita frase. Pero, el fin de semana pasado fui a la de un amigo de la universidad y a la que me hacía gracia ir. Así que, una vez más, volví a escuchar la magnífica frase, con el agravante de que claro, al ser boda de amigos, teóricamente, había “más posibilidades”.


El caso es que al hecho del dispendio económico que supone la boda (vestido, regalo, fotos...) hubo que añadirle el engorro del hecho que no conocía a nadie aparte de los novios, ya que de los amigos de la facultad sólo fuimos otro amigo y yo.


Y claro, como éramos un chico y yo, la gente no nos conocía y nos sentaron juntos en una mesa con todo de parejas (nunca pensé que preferiría estar en la mesa de “solteros”), pues absolutamente todo el mundo dio por hecho que éramos pareja.


Y así transcurrió la boda, me tiré todo la noche aclarando a la gente que nosotros no éramos pareja y comprobando como los 6 solteros (sólo 6 y todos chicos), ni siquiera sabían de mi existencia. Eso hasta que una amiga de la novia, ella y yo con unas cuantas copas de vino en el cuerpo, se enteró de mi soltería y se decidió a arreglarlo, llamando a gritos a todos los solteros y arrastrándome del brazo por la pista de baile mientras me decía “Sonríe que de las bodas salen bodas”.

No sé por qué, pero fue en ese momento, cuando recordé a Bridget Jones. Me dio la risa y brindé por su espíritu.


Comentarios

Laura ha dicho que…
Bueno, pero al final hubo lío, o no?, porqué igual con la cogorza no te acuerdas.

Besitos
joewarner4358 ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Dani ha dicho que…
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El tuyo está muy bien.
Por qué no le sacas jugo a tu afición por la escritura y participas en éste concurso:

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